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Sergio Astorga – Dibujando con Cecilia Palma


La Escritora colombiano- española Ivonne Sánchez Barea


Fe en las palabras

Luis Zaror.

Escribo para que sea cierta la profecía que le hizo una gitana a mi madre. Escribo sin ser grandilocuente, porque siempre creí que mi paso por este mundo no habría de ser inútil. Escribo, porque por mi formación, tengo el privilegio de acceder a visiones y eventos que hablan de la poesía de la ciencia y creo que debo compartir esos mundos.  La poesía es para compartir, es solidaria en la belleza. Escribo porque tengo fe en la palabra, porque creo en un principio ordenador del universo, porque creo en el amor y porque en la poesía de la ciencia encuentro a Dios a cada instante. Escribo, sin ser poesía política, para denunciar las atrocidades del genocidio judío en Palestina. No participo de cofradías ideológicas. Quiero mantenerme fiel al principio de Trilce, un grupo de amigos que privilegiaba la poesía en su esencia. Lo maravilloso es cuando se escribe algo y llega una persona o estudiantes, y le dan al texto distintas versiones que uno no imaginó. Ahí sabes que lo escrito, valió la pena. 

En fìn, escribo, por mi fe en la palabra: Por la palabra somos. Si la palabra muere, nos moriremos todos. De allí también nace la brevedad de la mayoría de mis textos. Las palabras son tesoros que no debemos malgastar.


Al revés: Más que con la literatura tengo una relación con los libros”

Gotemburgo, julio del 2020.
Alejandro Urrutia

Cuando empiezo a leer de verdad, desaparecen las palabras y las páginas del libro, la mesa donde descansan sus tapas. Se abren ventanas, puertas se cierran, horizontes terminan, nacen seres, campos de arroz arden bajo las llamas del napalm. No leer de verdad, es cuando tengo que forzar las cerraduras, indagar en notas a pie de página, ir a preguntarle a otro libro, parpadear tantas veces para terminar no viendo el canto de ningún pájaro. Leer de verdad es ansiedad de naranjas, de salir corriendo tras el tambor de las goteras, desangrarse en una plaza de los ochentas.

Leo para ver, para oír palabras pinceles en el aire, oler el sudor de días de luz, de adiós, de huesos perdidos en un campo. Leo porque me dan ganas de escribir, de plantar árboles, de perseguir enemigos, volar a ras de piso, vocear los nombres de seres queridos y lejanos. Algunos libros hacen eso conmigo, son el cordón por donde pasa el vivir. Los libros son frutas, hongos del bosque, tengo que adentrarme para encontrarlos, algunos dulces, verdes, podridos, venenosos, expandiéndose entre los troncos, bajo las ramas del verdor sobre el asfalto.

En la casa de mi infancia no había libros, ni revistas, a veces un periódico de domingo. Sin embargo, una radio a transistores que sonaba todo el día y la familia de mi madre, que dos o tres veces al año, se juntaba a conversar en jornadas de días y noches sin parar: ese es el portal a mi literatura. El primer libro que llegó a mis manos fue al inicio de la Secundaria, poco antes de empezar a escribir líneas de media página con reflexiones incoherentes sobre el amor, la persecución y la esperanza. Tardé en descubrir la relación entre la escritura y la lectura, seguí los consejos de leer algunos determinados libros y me pasé un par de décadas en ello, hasta que logré salir del primer bosque y entré en uno más grande, donde puedo hojear sin tantas recomendaciones, quizás sin tanta sabiduría pero con más curiosidad. Leo desordenadamente, muchos libros a la vez, sin la idea obsesionante de tener que alcanzar todas sus páginas, y aunque la lectura es pariente de la avena del desayuno, no siempre tengo que comerme la última cucharada.


¿Por qué escribo?

Tatiana Aguilera, Autora de “En lengua de dioses”

Poemas. Ed. Eutôpia, 2016

Tatiana Aguilera

Recuerdo que el primer libro leído por gusto —y no por obligación escolar— fue  uno que me regaló mi padre. Una bella edición de tapas duras color magenta y con letras doradas, de Robinson Crusoe. Ese libro fue la llave mágica que conectó mi imaginación con la curiosidad por la lectura. Podía “ver” a mis personajes y sentirlos de acuerdo a mi interpretación personal. Aquello fue un descubrimiento emocionante. Después, vendrían una serie de libros como El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, Cumbres Borrascosas de Emily Brontë y autores como Virginia Woolf, Clarice Lispector, Dostoievski, Gustave Flaubert, García Márquez, que dieron al acto de leer un sentido y significado mayor. En poesía, Whitman, Neruda, Gabriela Mistral, Teresa Wilms Montt, Bécquer y tantos más fueron quienes sembraron la semilla de inspiración para mis primeros intentos poéticos.

Cuando logré mi primer cuaderno de escritos lo leí y, después, fue directo al basurero. Pasó un tiempo largo hasta sentirme un poco más segura y cometer el atrevimiento de editarlos en un blog personal. Fue en ese espacio virtual donde comencé a experimentar el goce por la escritura.

¿Por qué escribo? No tengo una respuesta definida. Escribo porque pinto y descubrí que las palabras son como colores de un bastidor que es la escritura. Escribo porque me libera; porque el silencio de las piedras; porque perdona; porque no cuestiona y es liberador sosiego. Escribo por el desgarro, por la herida; porque pienso una palabra y se transforma en una idea; porque la idea cobra vida cuando escribo. Porque, mientras imagino, escribo lo que creo ver. Porque me expreso mejor escribiendo que hablando; porque la magia existe; porque apaciguo la tristeza y la rabia olvido; porque me ayuda a descubrirme, a comprender mis reacciones y desafiar mis tabúes; porque es una especie de cabaña en medio del bosque que me permite iluminar con su luz todo aquello que es oscuridad; porque la vida es corta; porque evado la realidad y construyo una nueva; porque no fumo; porque la herida sangra a veces y la escritura ayuda a cicatrizar; porque nuestro mundo es limitado y la imaginación no tiene límites: podemos crear escenas, palabras, hechos y cosas inexistentes; porque la belleza es capaz de existir dentro de cosas, imágenes o pensamientos aparentemente desligados uno del otro; porque la melancolía; porque un ave; porque me encanta el teclado de mi computador; porque somos capaces de liberarnos de lo tangible para ingresar a un mundo de infinitas dimensiones; porque el riesgo a la decepción no existe y solo nos entrega liberación y contención.

Es imposible definir en una frase por qué escribo. Más fácil es responder por qué no escribo: porque todo aquel que ha descubierto la escritura nunca más dejará de saciar sus labios en su boca. Su beso se volverá una constante adicción.


La puta escritura

Lilian Elphick

Decía Simone de Beauvoir que «la gente feliz no tiene historia»; decía Karl Kraus que «mi lenguaje es la prostituta universal a la que convierto en virgen». Mi escritura es un garabato, por cierto, es la puta escritura que convierto en puta, en guerrillera, en camboyana, como llaman en Chile a las chicas ‘fáciles’, que ‘van a la guerra’ o que ‘ponen toda la carne en la parrilla’. Camboyana entonces es mi palabra; también tortillera y maraca: asumo y resumo; revierto y subvierto los apodos despectivos, sexistas y racistas.

Yo escribo desde el cuerpo que tengo; cada vez que estampo una palabra devoro mi cuerpo un poco más. Escribir y triturar es lo mismo: los actos de creación son forzosamente un acto de destrucción sin principio ni final. Desgarrar, despostar, descoyuntar mi propio cuerpo en aras del cuerpo de la palabra.

Comer mi cuerpo: mascar, relamer, succionar, arañar. Una actividad pública, exhibicionista, materialista.

Miro desde mi doblez. La mirada cóncava ensimismada en la grieta, doblemente sola.

Soy la buscona y podría deshacer el lenguaje sólo para volver a hacerlo y dejar que las leves brisas de mi oído me soplen las malas costumbres. Pero no seré Penélope ni Diana la cazadora. No seré Emma, la del veneno fácil, ni Virginia con los bolsillos cargados de piedras para después hundirse en un río de aguas claras, ni las hermanas Quispe lanzándose al abismo andino.Tampoco quiero que a mi niña golondrina me la vuelvan para que aletee por los cielos revueltos de las mujercitas.

Sólo soy la buscona de agujas en el pajar de la reflexión, de la inflexión y del arte de la pluma loca.

Escribo con la concha en la mano: bivalva, bivocal y bivulva. Soy privilegiada: no tengo boquita de rosa y mi lengua es una lija y un taladro.


Julio Cortázar: Textos en su voz – Cuento Sin Moraleja

 


FEDERICO GARCÍA LORCA Sonetos del amor oscuro. Por Joan Mora.

 


Reflexiones de Eduardo Galeano

 


El mejor corto del mundo para fomentar la lectura

 

Diles que no me maten de Juan Rulfo