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"Al revés: Más que con la literatura tengo una relación con los libros”

Alejandro Urrutia.
Gotemburgo, julio del 2020

Cuando empiezo a leer de verdad, desaparecen las palabras y las páginas del libro, la mesa donde descansan sus tapas. Se abren ventanas, puertas se cierran, horizontes terminan, nacen seres, campos de arroz arden bajo las llamas del napalm. No leer de verdad, es cuando tengo que forzar las cerraduras, indagar en notas a pie de página, ir a preguntarle a otro libro, parpadear tantas veces para terminar no viendo el canto de ningún pájaro. Leer de verdad es ansiedad de naranjas, de salir corriendo tras el tambor de las goteras, desangrarse en una plaza de los ochentas. 
Leo para ver, para oír palabras pinceles en el aire, oler el sudor de días de luz, de adiós, de huesos perdidos en un campo. Leo porque me dan ganas de escribir, de plantar árboles, de perseguir enemigos, volar a ras de piso, vocear los nombres de seres queridos y lejanos. Algunos libros hacen eso conmigo, son el cordón por donde pasa el vivir. Los libros son frutas, hongos del bosque, tengo que adentrarme para encontrarlos, algunos dulces, verdes, podridos, venenosos, expandiéndose entre los troncos, bajo las ramas del verdor sobre el asfalto.
En la casa de mi infancia no había libros, ni revistas, a veces un periódico de domingo. Sin embargo, una radio a transistores que sonaba todo el día y la familia de mi madre, que dos o tres veces al año, se juntaba a conversar en jornadas de días y noches sin parar: ese es el portal a mi literatura. El primer libro que llegó a mis manos fue al inicio de la Secundaria, poco antes de empezar a escribir líneas de media página con reflexiones incoherentes sobre el amor, la persecución y la esperanza. Tardé en descubrir la relación entre la escritura y la lectura, seguí los consejos de leer algunos determinados libros y me pasé un par de décadas en ello, hasta que logré salir del primer bosque y entré en uno más grande, donde puedo hojear sin tantas recomendaciones, quizás sin tanta sabiduría pero con más curiosidad. Leo desordenadamente, muchos libros a la vez, sin la idea obsesionante de tener que alcanzar todas sus páginas, y aunque la lectura es pariente de la avena del desayuno, no siempre tengo que comerme la última cucharada.


Fe en las palabras

Luis Zaror.

Escribo para que sea cierta la profecía que le hizo una gitana a mi madre. Escribo sin ser grandilocuente, porque siempre creí que mi paso por este mundo no habría de ser inútil. Escribo, porque por mi formación, tengo el privilegio de acceder a visiones y eventos que hablan de la poesía de la ciencia y creo que debo compartir esos mundos.  La poesía es para compartir, es solidaria en la belleza. Escribo porque tengo fe en la palabra, porque creo en un principio ordenador del universo, porque creo en el amor y porque en la poesía de la ciencia encuentro a Dios a cada instante. Escribo, sin ser poesía política, para denunciar las atrocidades del genocidio judío en Palestina. No participo de cofradías ideológicas. Quiero mantenerme fiel al principio de Trilce, un grupo de amigos que privilegiaba la poesía en su esencia. Lo maravilloso es cuando se escribe algo y llega una persona o estudiantes, y le dan al texto distintas versiones que uno no imaginó. Ahí sabes que lo escrito, valió la pena. 

En fìn, escribo, por mi fe en la palabra: Por la palabra somos. Si la palabra muere, nos moriremos todos. De allí también nace la brevedad de la mayoría de mis textos. Las palabras son tesoros que no debemos malgastar. 


¿Por qué escribo?, Tatiana Aguilera


La puta escritura, Lilian Elphick

Diles que no me maten de Juan Rulfo

Julio Cortázar: Textos en su voz – Cuento Sin Moraleja

 

FEDERICO GARCÍA LORCA Sonetos del amor oscuro. Por Joan Mora.

 

Reflexiones de Eduardo Galeano

 

El mejor corto del mundo para fomentar la lectura